Todo empezó mucho antes de que lo llamáramos: dos personas se encontraron, una con grano y otra con vasijas de barro, y la confianza cerró la distancia convirtiéndose en el antecedente del dinero instantáneo.
La confianza es una moneda invisible. Ha estado en el centro de cada transacción en la historia de la humanidad.
Desde conchas marinas hasta monedas, desde cheques hasta fichas, cada innovación financiera ha sido el intento de la humanidad de hacer que esta confianza sea más rápida, segura y escalable.
Sin embargo, cada nuevo capítulo ha traído la misma tensión: a medida que crece la confianza, también lo hace el riesgo de traición.
Durante siglos, los pagos se trasladaron a la velocidad de caballos, barcos y papeleo.
Las primeras monedas estandarizaban el comercio, pero dependían de metales preciosos como prueba de valor.
El dinero de papel nos liberó del metal, pero no de las instituciones que garantizaban su legitimidad. Los cheques y pagarés llevaban la carga de la caligrafía – y el riesgo de falsificación.
El Siglo XX trajo la electricidad a las finanzas. Las tarjetas de crédito sustituyeron las firmas por el plástico, y las redes electrónicas transformaron la forma en que las personas interactuaban con el dinero.
De repente, podíamos gastar sin ver los billetes. La confianza había cambiado de nuevo, esta vez de las personas hacia los sistemas.
No fue hasta los bancos online y los smartphones cuando el dinero se volvió realmente digital.
La pequeña pantalla de cristal en el bolsillo de todos se convirtió en una nueva cartera, un nuevo banco y un nuevo mercado.
Con un toque o un escaneo, el valor empezó a moverse en tiempo real.
Había llegado el sueño de los pagos instantáneos y, con él, la mayor redistribución del poder financiero desde la invención de la moneda.
Hay un dicho que dice “pasado, presente y futuro coexisten dependiendo de dónde estés en el mundo”. Esto es más cierto en los pagos.
En América Latina, el presente es instantáneo
PIX en Brasil, Bre-B en Colombia y CoDi en México reescribieron las reglas de participación financiera.
De la noche a la mañana, millones que antes estaban fuera del sistema bancario entraron en la economía digital.
Los taxistas en São Paulo, los vendedores ambulantes en Bogotá y los dueños de cafeterías en Ciudad de México ahora pueden enviar o recibir dinero en segundos, las 24 horas del día, sin intermediarios, sin fricciones.
Los pagos instantáneos se han convertido en algo más que una comodidad; Se han convertido en igualadores sociales.
Esta revolución ha afectado a casi todos los niveles de la sociedad.
Para los ciudadanos, significa dignidad y acceso: sin tener que hacer filas, sin historial crediticio, sin dependencia del efectivo.
En el caso de las pequeñas empresas, reduce costos, elimina retrasos y aporta liquidez que antes estaban atrapadas en sistemas burocráticos.
No así para los gobiernos, que significa una economía más rastreable, reduciendo la informalidad y aumentando la recaudación de ingresos.
La inclusión financiera, que antes era un objetivo a largo plazo, es ahora un subproducto de las transacciones cotidianas.
La región que antes luchaba con la banca ahora está enseñando al mundo cómo combinar inclusión e innovación.
Red global en tiempo real
La siguiente fase de la revolución del pago instantáneo no consiste solo en enviar dinero rápidamente.
Se trata de enviarlo a cualquier sitio. A medida que los sistemas locales maduran, los países empiezan a conectarlos, creando la primera verdadera red global de dinero en tiempo real.
En América Latina, los bancos centrales están empezando a explorar cómo sus infraestructuras instantáneas pueden comunicarse entre sí.
Imagine un futuro en el que un profesionista independiente en Bogotá recibe un pago instantáneo de un cliente en São Paulo sin redes de tarjetas ni intermediarios de intercambio.
Las implicaciones para el comercio exterior, las remesas y la economía colaborativa son inmensas: menores comisiones, mayor transparencia e inclusión para millones de trabajadores migrantes.
En Asia, este futuro ya es una realidad. El vínculo entre PayNow (Singapur) y PromptPay (Tailandia) fue el primer corredor de pagos directos instantáneos entre ambos países.
Hoy en día, la red se está expandiendo a India (a través de UPI) y Malasia (a través de DuitNow), haciendo del sudeste asiático una región donde el dinero fluye tan libremente como el agua.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS) denomina esta tendencia Proyecto Nexus. Es un modelo para conectar sistemas de pago en tiempo real bajo estándares técnicos y regulatorios comunes.
China, por su parte, opera el CIPS, destinado a simplificar el comercio internacional en yuanes, mostrando cómo la geopolítica y los pagos se entrelazan.
Interoperabilidad y riesgos transfronterizos
Cuando el dinero se mueve instantáneamente entre países, sectores enteros se transforman.
El comercio electrónico, el turismo, la logística y las cadenas de suministro adquieren una agilidad antes impensable.
Los gobiernos se benefician de flujos más rastreables, reducción de la evasión
fiscal y mayor capacidad de política económica. Los consumidores ganan inclusión,
transparencia y control.
Sin embargo, las redes criminales también operan a nivel global. Cuando el valor se mueve libremente, el crimen también se mueve así.
El reto ya no es la rapidez, sino la sincronización mediante la alineación de normativas, estándares KYC y marcos de detección de fraude entre jurisdicciones.
Este es el momento en que los sistemas de pago dejan de ser proyectos nacionales y pasan a ser una red compartida.
Esto lo cambia todo. No solo cómo se mueve el dinero, sino cómo lo protegemos.
A medida que el dinero fluye sin fronteras, los mismos canales que empoderan a miles de millones también fomentan el fraude.
Cada innovación que facilita la vida a miles de millones también reduce las barreras para quienes se aprovechan de mala fe.
Esta es la paradoja del progreso y el siguiente desafío de la revolución del pago.
La belleza de los pagos instantáneos radica en su simplicidad: toca, envía, listo. Bajo esta simplicidad se esconde una nueva complejidad.
Donde el dinero instantáneo se mueve en segundos, el fraude ocurre en milisegundos.
Por: Rafael Costa Abreu, director de fraude e identidad de LATAM, LexisNexis Risk Solutions









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